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Un mundo sin Steve Albini

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La columna de esta semana iba a verse muy distinta, pues el texto en curso se trataba de la reseña de un álbum que cada vez me iba convenciendo menos, hasta que el miércoles pasado, sin ningún tipo de preámbulo, se anunció la muerte de Steve Albini

Por lo general, siempre evito unirme a los trending topics, pero admito que me sentí compelido a participar en este tema, pues se trata de un personaje que tuvo un profundo impacto en mi formación musical, no sólo por el gran legado de discos que dejó, ya sea con sus bandas Shellac o Big Black, o esa infinidad de obras en las que fungió como un fiel retratista de la identidad sonora de las y los artistas a quienes grabó, sino que su integridad inquebrantable e indoblegable ante las fauces de las prácticas abusivas de la industria musical tocaron las fibras morales y emocionales de más de una persona. 

¿Quién era Steve Albini? A estas alturas resulta redundante decirlo. Para muchas personas sólo fue el wey que grabó In Utero (Nirvana); para otras, fue el nerd escuálido y edgy que gritaba obscenidades con un guitarra amarrada a su cintura y hablaba pestes de cuanta banda o géneros que no le gustaran; otros tantos dirán que Godflesh y Ministry le copiaron el sonido a Big Black; un sector distinto se quejará de su asociación con Peter Sotos y Whitehouse o de que grabó los peores álbumes de Mono, Slint y Godspeed You! Black Emperor.

Algunas lo admiraban por opinionado, mientras que otras no podían esperar a que se callara. Y al contrario de como suele pasar con personajes que generan opiniones encontradas, con Steve se puede decir con seguridad que algo hay de cierto en cada una de esas afirmaciones. Lo que sí es cierto, es que si Steve estaba en todo, era porque le gustaba trabajar. 

En apariencia, Steve era todo un hater profesional, con sus comentarios y observaciones cargadas de actitud desafiante y provocadora, pero que también, de una manera muy elocuente, ponían bajo la lupa la vacuidad de la cultura popular y de consumo; sin embargo, todo ese ímpetu afilado venía de un lugar positivo.

No se trataba de alguien que odiara por odiar o que sólo quisiera llevar la contra por verse interesante, sino que, habiéndose formado en escenas pequeñas, su sentido de comunidad era bastante grande, lo cual lo hacía sospechar de cualquier proyecto o práctica que tuviera el más mínimo indicio de buscar la apropiación para comercializar algo a costa de su integridad; y ahora, estando conscientes de todas las trampas y abusos que la industria musical ha ejercido sobre sus artistas, así como de las actitudes deplorables de artistas que están completamente alejados de la realidad, esa postura resuena con el doble de fuerza. 

Hablar de los discos que produjo -y cómo lo hizo- se lo dejaremos a quienes son mejores con las fechas, nombres y ese tipo de cuestiones técnicas, pues lo que en verdad nos atañe en esta triste semblanza de Nevets Inibla (uno de los muchos seudónimos de Albini), es su visión y filosofía, ya que de ahí parte todo su método.

El objetivo de Steve era servir como un conducto para que la música que se le confiaba quedase registrada en su mejor forma posible, reflejando fielmente la personalidad de la banda o artista en cuestión, sin intervenciones innecesarias ni trucos de producción que le quitaran naturalidad al resultado final. 

Eso sin mencionar su ya famosa renuencia a recibir regalías por su trabajo, prefiriendo que sólo se le diera un pago único por sus servicios, incluso optando por ni siquiera aparecer en los créditos en ciertos casos; a eso también hay que sumarle su apertura y disposición a trabajar con artistas de distintos niveles, no sólo con las vacas sagradas de la escena “alternativa” (por ahí están sus discos con bandas mexicanas como Nazareno el Violento y Descartes a Kant).

Lo que importaba era mantener viva la cultura y eso sólo se podía lograr dejando que aquello que hacía única a una banda tomara protagonismo sobre cualquier otra cuestión. La crudeza y el ataque de una guitarra de Andy Moor y Terrie Ex o de la batería de Katherina Bornefeld, el feedback natural de unos guitarrazos de Sunn O))), los punteos en el arpa de Joanna Newsom o los cristalinos arpegios de “Moonlight” (Mono, You Are There, 2006) sólo por mencionar algunos ejemplos. 

A pesar de ser un icono de la producción austera, Steve no escatimó al construir su estudio de ensueño (Electrical Audio en Chicago), el cual estaba muy, muy lejos de ser el cuartito de lavado con una consola de cuatro canales que uno podría relacionar con alguien que viene del punk, con una predilección por la estridencia y lo áspero.

Todo fue en pro de poder brindar un sinfín de opciones para que los artistas pudieran materializar sus ideas lo más apegado a su visión original posible.

Poco le importaba si él lo entendía o no, Steve no se interponía salvo para cuestiones técnicas; lo creativo se lo dejaba a la banda y esa fue su mayor contribución. Su legado se constituye de álbumes monumentales e influyentes, no de hits

Pero, por si tenían el pendiente y necesitan ese tipo de validación, sí, muchos de esos álbumes son famosos y ganaron bastante dinero, del cual, mucho de lo que pudo ser para Albini, se fue al bolsillo de quienes escribieron las canciones. 

Jefazo, descanse en paz.

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