Hacemos periodismo, compartimos historias y formamos nuevos profesionales.

Te compartimos un fragmento de ‘Tijuana Adventure’, el libro de confesiones de Matingas

0

Introducción.

Yo digo que la Zona Norte es el “culo del mundo”. Puede ser el lugar más asqueroso del planeta, pero todo mundo ama un buen culo. Estoy consciente que hay otros culos en otras ciudades rascuaches del mundo, como en Tailandia o Colombia. Pero este culo está particularmente cerca de los Estados Unidos. Olvidado por el gobierno centralista de México, Tijuana se crio para ser el culo de San Diego y Los Ángeles. Es una ciudad bizarra y popular que muy frecuentemente se malinterpreta en los medios. 

Nacido en el año 3.000, Bender Rodríguez, el robot de Futurama, es de Tijuana. En el capítulo donde van a buscar la fábrica donde nació, Tijuana todavía es representada como el México culero promedio de color sepia con cactuses y borrachos buenos para nada (y robots).

Tijuana.

Dilo en voz alta, suena peligroso con nada más decirlo.

Tijuana.

Suena a aventura. En que puede pasar lo que sea. Un lugar donde puedes arriesgarlo todo. Doble o nada. A la verga. Nunca vas a regresar de todas maneras. 

Tijuana.

Una ciudad con deliciosos tacos, cerveza, y para los gringos, todo está barato.

Tijuana.

Las probabilidades son de que te lo puedes pasar de lo más chingón o te puede pasar de lo peor, nada por en medio. Águila o sol y averigua cómo te va.

Tijuana.

Puedes presumirle a tus amigos todo el desmadre que hiciste (esto también más para los gringos). Que valiente eres por visitar a una de las ciudades más peligrosas del mundo. Ciudad fronteriza donde matan a miles al año y el narco anda por todos lados. Ciudad de millones. No eres nadie, un grano de arena en la ciudad de deportados, migrantes, pochos, y turistas de todos lados.

Tijuana.

La ciudad es un laberinto caótico sin infraestructura como si un niño se pusiera a jugar Sim City.

Tijuana.

Una ciudad sin leyes donde todos son corruptos y las drogas las encuentras en cada esquina.

Tijuana.

Un multiverso escondido en las faldas de San Diego (palabras de Bourdain).

Hay miles de historias escritas sobre esta ciudad y miles más que faltan.

Esta es la mía.

Capítulo 1: Cómo Llegue a Ser

Me acuerdo perfectamente en el momento en el que dije “Tijuana Adventure”, así le pondré a mis tours. Quería algo obvio. Un amigo trabajaba de instructor de rappel en un lugar en Puerto Vallarta que se llamaba “Vallarta Adventures.” Algo fácil de buscar en Google. Muchas ciudades tienen guías o algo parecido a “Ciudad Adventure.” Hasta existe una página de internet que se llama “urbanadventures.com” y te manda a guías locales. Tipo Airbnb pero para guías. Ya hasta Airbnb tiene guías.

No sabía que existía esa página cuando hice mi página. Airbnb todavía ni existía.

Eran alrededor de las 7:20 pm un jueves de enero del 2012. Solo llevaba viviendo en Tijuana un par de meses. Salí del Hotel Velario de la Zona Norte después de la noche más sexualmente salvaje que he tenido. Saqué mi celular y le marqué a mi amigo “El Brown”, mi primer amigo en Tijuana. Mientras le comentaba todo lo que hice la noche anterior, me di cuenta que en la bolsa de mi hoodie tenía $37 dólares que no eran míos. Eran de la prostituta con la que me acababa de quedar. Le colgué a Brown para dirigirme al hotel para regresarle su dinero. Cuando llegué al hotel, me di cuenta que no sabía en qué cuarto estaba ni cuál era su nombre real.

Lo que pasa en la Zona Norte puede ser una pinche locura. Es Las Vegas pero en esteroides y es mucho más barato. ¡Qué barato! ¡Ah! Y con menos leyes que Las Vegas. Es el lugar más feliz o el lugar más triste depende de quién seas. He sido guía del área y de todo Tijuana desde esa noche. 

Han pasado más de 10 años explorando Tijuana, trayendo conmigo extraños de cualquier parte del mundo. He organizado muchas despedidas de soltero y me han pagado bastante por ello. Y ahora escribo esto. Casi una década de experiencias como guía y como Tijuanense. Las experiencias más memorables. 


Era un guía de turistas antes de ser oficialmente un guía de turistas. Era un guía antes de vivir o conocer muy bien a Tijuana. 

Empecé a visitar a principios del 2010 cuando mi hermano mayor (el de en medio) se mudó de San Diego a TJ. Yo vivía en Los Ángeles con mi otro hermano mayor. Después de graduarme de la universidad en el 2008, me puse a trabajar de paparazzo (pero ese es otro libro). En ese entonces, visitaba a mi hermano (de en medio) en Pacific Beach muy seguido. Justo salido de la universidad y Pacific Beach son ideales uno para el otro.

No sabía de la existencia de Tijuana ni me importaba. Como cualquier otra persona, conocía el nombre, pero no tenía interés de visitar ni sabía que estaba tan cerca de San Diego. Para mí, simplemente no existía mucho mundo afuera de mi burbuja de California. Y de repente, mi hermano se mudó a Tijuana porque se enamoró de una Tijuanense.

—–

Tijuana no es México.

Me di cuenta en mi segunda visita. O por lo menos no es el México en el que yo crecí. Pasé mi niñez y la mayor parte de mi adolescencia en el área fresa de Querétaro hasta el último año de prepa cuando me mudé a Michigan (y después a Minnesota para la universidad).

Tijuana no se parece mucho al resto de México. Es estúpido el momento en el que me di cuenta. Estaba en La Mezcalera cuando la canción de “Santería” de Sublime empezó a sonar en la rockola. Todos en el bar la cantaron sin acento. 

En mi primera visita a Tijuana mi cuñada me llevó a un lugar culero que se llama Red Lion. Creo que ya no existe ese lugar. No fue una experiencia muy grata. Fue muy barato, especialmente porque yo venía de Los Ángeles. Pero era un bar fresa equis cualquiera. Al parecer, mi cuñada pensaba que era de lo más fresa que pensó que sería lo mejor para mi. Se equivocó. 

Odié a Tijuana.

No era para nada como Los Ángeles con todo su glamour. Y en ese entonces, yo amaba LA. Me encantaba vivir ahí. Me gustaba tanto que tengo un tatuaje de un atardecer en una playa inspirado en Venice Beach, donde empecé a surfear. LA era el centro del planeta para mí. 

En el 2011, cansado de mi trabajo de paparazzo, me fui en un viaje en mi Mazda 6 2006 manejando por todo Estados Unidos. Visité amigos y familia y me quedé con extraños a través de Couchsurfing y Craigslist. Empecé de Los Ángeles hacía Las Vegas. De ahí a Denver, West Des Moines, Detroit, Kalamazoo, de regreso a Detroit, Chicago, Minneapolis, cruce North Dakota, me quedé en un lugar súper extraño llamado Miles City en Montana, Spokane, Portland, Seattle, Vancouver, de regreso a Seattle y de bajada por Eugene, San Francisco, Santa Cruz, y de regreso a Los Ángeles.

Ya no era el mismo cuando regresé. LA (‘el ey’) perdió su encanto. Era falso. No significa nada. Y odiaba mi trabajo.

Dejé de trabajar de paparazzo en mayo del 2012. No quería seguir en LA y mucho menos seguir trabajando de eso. No quería quedarme en ningún lado. Quería vagar y viajar por el mundo. Deshacerme de todas mis pertenencias y solo viajar. Me quedé en Los Ángeles por un par de meses trabajando de paparazzo, pero sin esfuerzo.

Ese verano, visité Montreal para la boda de mi amigo “El Chintro”. Montreal me encantó, lo cual me convenció de irme de Los Ángeles todavía más. 

Ese verano, mi hermano también se casó en Tijuana. No tenía a donde ir ni donde vivir. Para tener un lugar cerca de la boda y para quedarme cerca de mi hermano mientras decidía qué hacer con mi vida, renté un cuarto en el norte de San Diego en un vecindario aburrido que se llama Rancho Peñasquitos. Quería estar cerca de la boda y de Tijuana, pero definitivamente no quería vivir ahí, mucho menos en Tijuana.

Era una casa grande pero mal cuidada de cuatro cuartos con tres roommates. Pagaba $560 dólares al mes por el cuarto más chico de la casa. Mi plan era crecer marihuana (legalmente) y venderla a dispensarios en California, regresar a la universidad, y sacar mi maestría en música. Lo que siempre quise hacer. 

Una de los roommates tenía dos gatos extraños y ella también era algo rara. El otro era una alcohólico libertariano obsesionado con pistolas y tomar vodka barato (Karkov). Cada mañana se tomaba dos o tres shots de ese vodka de botella de plástico antes de irse a trabajar. Cuando llegaba de trabajar se tomaba unos diez shots antes de irse a dormir. Los fines de semana se despertaba a tomarse uno o dos litros de esa madre asquerosa. El último roommate era un güero de rancho (country boy) huérfano, perdió a sus padres a temprana edad. Pensé que él era el que no me iba a caer bien, es al único que todavía le hablo y le tengo respeto. 

Rancho Peñasquitos (o Rancho PQ ‘pi kiu’ para los Gringos) está básicamente tan lejos del centro de San Diego como del centro de Tijuana. Empecé a visitar Tijuana frecuentemente cuando podía. 

La casa en Rancho PQ acabó en ruinas. La roommate extraña y el libertariano alcohólico nos traicionaron cuando dijeron que se iban a mudar a otra casa y no éramos bienvenidos. Nos dejaron una casa hecha un desmadre y nos dijeron “ahí se arreglan con el dueño si quieren seguir aquí”. Tratamos de conseguir roommates pero sabíamos que no iba a ser un trámite ni fácil ni agradable. Me tuve que mudar. Rápidamente. Y deshacerme de todas mis plantas. 

Crucé la frontera con todas mis pocas pertenencias y las dejé en la casa de mi hermano en Tijuana. Volé a Querétaro para visitar a mis papás y amigos y para ver si era buena idea regresar a vivir ahí. No me gustó. No vi mi futuro ahí. Se me hizo aburrido. Una ciudad para casarse y tener una familia. Para nada una ciudad donde vivir después de cinco años en Los Ángeles. 

Acabé mudándome a un departamento de un cuarto en Tijuana atrás de una calle repleta de tacos (Las Ahumaderas). Pagaba $350 dólares al mes y la dueña era la mamá de un amigo pocho de mi hermano (él también vivía ahí, el buen Lions). 

El Lions trabajaba diario en San Diego en un call center. Yo planeaba hacer lo mismo. Cruzar a diario la frontera para trabajar donde sea. Fue demasiado para mí. La frontera o “la pinche línea” tardaba más de dos horas para poder cruzar y no estaba sacando buen trabajo en San Diego. Acepté varios trabajos para simplemente nunca ir. Viví meses en Tijuana acabándome todos mis ahorros. Acabé vendiendo mi carro para poder pagar renta. El Mazda 6 2006 (llamado Eddie) que vendí en $6,600 dólares. Eso me duró unos seis meses en Tijuana haciendo absolutamente nada más que perdiéndome en la ciudad y en mi mente. 

Tenía 25 años de edad y no tenía idea que vergas hacer de mi vida.

————

*Este fragmento es parte del libro ‘Tijuana Adventure; confesiones de un guía de turistas’ y fue publicado con previa autorización de su autor.

————

Foto: Cortesía

Matthew Suárez a.k.a. ‘Matingas’, estudió en la Universidad de Saint John en Minnesota, EEUU, y se graduó con una doble licenciatura en Música y Estudios de Conflictos. Fue paparazzi en Los Ángeles durante cuatro años. Después de un largo viaje interno y externo terminó recalando en Tijuana, donde comenzó a ser guía de turistas. Actualmente escribe para la revista San Diego Reader.

*Si quieres conseguir el libro dale click AQUÍ

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.