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La Inteligencia Artificial generativa: la innovación tecnológica vs la esencia del pensamiento humano

Foto: Infoquest.co.th
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Por Karla Ruiz

Me parece, en general y a estas alturas, la mayoría de las personas que se vinculan a la Internet ha logrado formar una noción, o definición conceptual, del término Inteligencia Artificial (IA). No obstante, me aventuraré a definirla nuevamente, pero lo haré enfocándome en la IA generativa – la cual ha fungido como epicentro del boom del tema – ésta, según el propio Chat GPT 4.0, es un subcampo de la IA centrada en la creación de contenido nuevo y original haciendo uso de algoritmos para generar datos basándose en modelos de aprendizaje profundo y redes neuronales. Sin embargo, lo impresionante es su capacidad de aprender o adaptar sus respuestas según a los grandes conjuntos de datos para producir resultados -que según Chat GPT son indistinguibles a los creados por los seres humanos.

Pero, entonces, ¿qué es un ser humano y su pensamiento?, ¿qué es el aprendizaje?, ¿qué pasa con el lenguaje y el pensamiento crítico?, ¿cómo nos ayudará o afectará en nuestras prácticas habituales?, ¿qué tiene que ver la comida callejera en todo esto?, ¿y el periodista? Como sabemos la IA no es un asunto del año 2023, ni siquiera la IA generativa. Históricamente entendemos que en el año 1842, Ada Lovelace ya veía el potencial de un sistema computacional que iba más allá de las matemáticas; para 1921, Karel Čapek en su obra Rossum’s Universal Robots, apareció por primera vez el término robot; y en 1950, Alan Turing propone el test de Turing para saber si una máquina se comportaba como el pensamiento humano.

En medio de este panorama, resulta crucial expandir nuestra comprensión de la IA, específicamente en el contexto de su implementación en sistemas sociales y legales. La IA no solo transforma industrias y procesos, sino que también tiene un impacto significativo en las personas y comunidades, especialmente en aquellas históricamente marginadas.

Los especialistas, incluyendo a Sam Altman de OpenAI, han alertado sobre los errores inherentes a estas plataformas, subrayando que no se debe confiar ciegamente en los resultados proporcionados por estas tecnologías. Estas advertencias cobran especial relevancia en el contexto de decisiones críticas y en la interpretación de datos complejos, donde la precisión y el contexto humano son esenciales.

Modelos como GPT-4 no solo ofrecen textos que parecen humanos en su coherencia y creatividad, sino que también plantean interrogantes profundos sobre la originalidad y autenticidad en la era digital. En un mundo donde las máquinas pueden escribir poesía, artículos y diálogos convincentes, ¿qué significa entonces ser un creador? Este nuevo paisaje tecnológico desafía nuestro pensamiento crítico, incitándonos a discernir entre la voz de una máquina y la profundidad inherente al pensamiento humano. Como enfatiza Chomsky, la IA, en su estado actual, no puede replicar completamente el razonamiento y la cognición humana. Aunque los sistemas de IA pueden almacenar y procesar una gran cantidad de información, carecen de la capacidad de los humanos para generar explicaciones y razonamientos basados en una comprensión profunda del mundo.

¿Por qué podemos confiar en que nosotros aún podemos dominar este tipo de IA? La IA generativa, con todo su esplendor tecnológico, se encuentra aún en una encrucijada frente a la vasta complejidad del razonamiento humano. Carece de la consciencia y la experiencia subjetiva que definen nuestra existencia, no entiende el mundo con la profundidad emocional y contextual con la que los humanos lo hacemos. Su “aprendizaje” se basa en datos y patrones, pero le falta la flexibilidad y adaptabilidad de la mente humana, que puede inferir y adaptarse con una fracción de la información. La creatividad de la IA es una sombra derivativa de la genuina innovación humana, y su falta de juicio ético y empatía subraya su distancia del núcleo de la cognición humana. Por todo ello podemos decir que nosotros aún podemos dominarla, pero no podemos dominar a quienes hacen uso de ella, he ahí el problema más grave: lo ético.

Por otro lado, episodios como el del chatbot de Bing sugieren una preocupación más profunda: la capacidad de la IA para generar respuestas no solo erróneas, sino potencialmente dañinas o alarmantes. Este tipo de incidentes refleja los desafíos inherentes al aprendizaje automático y al procesamiento de datos masivos, donde la calidad y la intención detrás de los datos de entrada son cruciales. Este tipo de experiencias del lenguaje, sin duda, le compete al campo del periodismo, pues la IA se presenta como una herramienta de doble filo. Por un lado, facilita la generación rápida de contenido y la verificación eficiente de hechos, elementos cruciales en una era donde la información fluye rápida y furiosamente. Por otro, surge la preocupación sobre la profundidad y la veracidad del periodismo en un mundo donde las noticias pueden ser escritas por algoritmos; a sabiendas de que hoy en día sufrimos de la llamada infodemia. ¿Cómo se equilibra la velocidad y eficiencia que ofrece la IA con la necesidad de un periodismo reflexivo, crítico y profundamente humano?

En nuestras vidas cotidianas, la IA se ha convertido en una herramienta de cambio. Su capacidad para automatizar tareas, analizar grandes volúmenes de datos y ofrecer soluciones optimizadas promete eficiencia y una nueva forma de abordar problemas complejos. Sin embargo, esta eficiencia viene con su propio conjunto de preguntas. ¿Cómo afectará la automatización a nuestra ética laboral, a nuestras habilidades y al valor que le damos al trabajo humano?

Un ejemplo curioso de esta integración se encuentra en el vibrante mundo de la comida callejera. Aquí, la IA tiene el potencial de revolucionar desde la gestión del inventario hasta la experiencia del cliente. Imagine un puesto de comida que, utilizando algoritmos, pueda predecir las preferencias de sabor de sus clientes o ajustar su menú en tiempo real según las tendencias culinarias. Esta tecnología, aunque fascinante, lleva implícitas preguntas sobre la autenticidad de la experiencia culinaria y la conexión humana en el acto de compartir alimentos. Algo que ya sucede en plataformas de streaming como Netflix o Disney (por nombrar algún ejemplo popular).

En última instancia, la integración de la IA en la sociedad debe ser un proceso cuidadoso y reflexivo, equilibrando los beneficios potenciales con un profundo entendimiento de sus limitaciones y los desafíos éticos y sociales que conlleva. La IA representa un paso adelante en nuestras capacidades tecnológicas, pero debe ser acompañada por una evaluación – aunque el concepto de evaluación se ha visto herida por la opinión política actual – crítica continua y una comprensión profunda de la complejidad y la singularidad del pensamiento humano. En fin, si yo colocará aquí la leyenda “En conclusión…” podríamos inferir que este texto lo ha escrito ChatGPT, empero, he de admitir que sólo lo he usado como herramienta para eficientar mi propio trabajo escriturario.

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