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Forma y lugares de mi cuerpo

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No es siempre, pero hay días en que uno siente que no tiene un lugar en el mundo. Como si el único rincón para estar de pronto se hubiera cerrado o, peor aún, como si alguien deliberadamente lo cerrara para nosotros y no quedara más que ser alguien con un cuerpo, alguien en busca de un espacio. Y de pronto somos en realidad el cuerpo que contiene un vacío todavía más grande, descrito apenas con las palabras que tenemos a la mano, las que conocemos.

La pesadez es tan grande que nos impide buscar otras palabras, llegar a la computadora o al diccionario. Nos tenemos que conformar con decir vacío, lugar, silencio.

Allí están los ideales, el tiempo presente, las preocupaciones, las convicciones y los conocemos, pero no logramos adherirlos a nuestro propio pensamiento, a nuestras constantes, quizá porque son luchas que ya vivimos hace tanto, que ya pasaron sobre nuestros cuerpos como pasa la apisonadora por una calle nueva. Quizá ya somos el resumen de todo. Tal vez nuestros sueños ya son otros y nuestras carencias. Tal vez ya nada nos es suficiente.

A veces siento que lo que pasa por mi cabeza, poco tiene que ver con mi propia percepción del cuerpo, no le doy demasiada importancia, a ese cuerpo físico, a menos que no esté funcionando bien, que algún dolor insistente interrumpa mis días, entonces trato de resolver el problema; de otra forma es solamente el vehículo de una mente que necesita mucha atención, trabajo, lucha, para expresarse. Así lo veo, un cuerpo eficiente, que mientras funcione de forma adecuada, me mantiene trabajando.

Sin embargo, algunas veces no logro llegar a una definición o a un propósito. No sé si ese malestar tiene que ver con algo en particular. La realidad es diferente. Tanto se ha escrito sobre el cuerpo, tanto sobre no encontrar ese lugar, ese sitio que debería ser nuestro por derecho, pero que cada vez más parece que hay que ganarlo o hay que crear uno y cada día se ve más lejana esa tarea.

Recuerdo las primeras lecturas sobre el cuerpo, por ejemplo el valioso apartado que aparece en Discurso a los cirujanos, de Paul Valéry, donde él mismo trata de dilucidar la materia que nos ocupa, de cuántos cuerpos está constituido el ser humano. En Reflexiones sencillas sobre el cuerpo, el poeta y ensayista francés, nos dice que en nosotros están contenidos tres diferentes cuerpos. El primero, a mi entender, es el cuerpo biológico, lo que está vivo; el segundo cuerpo al que se refiere Valéry es el cuerpo que los demás perciben de nuestro propio cuerpo físico, lo que los demás ven, lo que los otros perciben que somos; el tercero es a mi entender, la mente. Pero nos habla de un posible cuarto cuerpo, que podría ser el espíritu. Aunque no aborda largamente el tema del último en su ensayo, creo que queda lo suficientemente claro como para que nosotros como lectores lleguemos a esa conclusión.

En mi caso, la mente es el cuerpo más exigente, es el que requiere de casi toda mi energía, de mi atención y de mis días. El segundo cuerpo, que es el de la forma, (así lo veo), no ha ocupado un sitio privilegiado dentro de mis inquietudes, pero sí puedo darme cuenta que en la actualidad ocupa millones de textos, fotos, revistas, diarios, programas, es una constante presencia en redes sociales. Es el que más nos asalta como seres humanos modernos, requiere la mirada de todos. Por lo que siempre valdrá la pena ahondar más en su existencia, en su naturaleza, apartarlo un poco de los otros para verlo con detenimiento, con cuidado. Es necesario el estudio y la lectura de lo que se llegue a escribir sobre su preponderancia en nuestra historia. Y creo saber por qué es el más importante ahora, pero no lo diré, porque considero que cada persona debe tener su opinión y conclusiones. Aunque sí, definitivamente alguna vez le dedicaré un amplio texto, quiero decir, únicamente al mío, porque es el que más he llegado a conocer, a través de la mirada de los demás, pero al final, ojalá pueda tener mi tesis, mi propia y única definición.

El cuerpo que siempre me aqueja es el tercero, como les contaba, esa cosa maravillosa a la que llamamos mente, a la que el poeta llama el cuerpo de los científicos. El cuerpo que indaga, crea, reflexiona.

Les comparto unas líneas del ensayo donde habla sobre la labor de los cirujanos, dice: Pero se trata de gentes habituadas a toda suerte de confesiones; más aún, que no se contentan con eso: van a buscar la verdad a donde se encuentre. Ponen los ojos y las manos en la misma substancia palpitante de nuestro ser. Elucidar la miseria de los cuerpos, encontrar la pobre carne enferma bajo las más brillantes apariencias sociales, reconocer el gusano que roe la belleza, es su propia ocupación.

Y lo que esta tarde es mi ocupación, desde mi mirada de poeta, es salir de la visión de los demás, tener la certeza de que solamente yo podré encontrar ese lugar, ese sitio del que comencé hablando en mi columna de hoy. Así lo deseo, no tener una casilla, me permitiré libremente encontrarme como sea, llamarme como me guste, definirme cada día y cada vez, de acuerdo a mi estado de ánimo quizás o de acuerdo al estado de mi tercer cuerpo. La forma única de reconocerme a mí misma.

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