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Crónica: Noche de Contrastes con Braulio Lam, Glox Olia y Muerte en Aceite

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Hace años no era raro verme seguido en eventos locales. Lamentablemente, por razones relacionadas con la edad, trabajo y demás obligaciones de la vida en general, mi entusiasmo por la noche ha cambiado en estos últimos cinco años.

Pero también le debo agregar el declive de mi interés por mucho de lo que pasa en la escena, pues a excepción de algunos proyectos, ya no logro conectar con tanto de lo local: Mucho enfoque en la estética, muchas bandas que se valen de un sinfín de prefijos para vender la idea de que hacen algo distinto, o música “experimental” cuya radicalidad o exploraciones suenan más atractivas en sus posts de Instagram que en la obra en sí. 

Sí, sé cómo suena mi postura; no obstante, siempre abogaré por la libertad artística, y celebraré que estas personas lleven su proceso creativo a donde más les plazca. Si no es de mi agrado, como consumidor puedo renegar y proceder a no escucharlo, pero así como me quejo, también me da gusto cuando debo tragarme mis palabras después de ver en vivo a un proyecto que, a primera instancia, no me había logrado atrapar. 

Este sábado pasado por fin volví a darme el rol, acarreado por un par de muy buenas amistades, e hice acto de presencia en un evento curado por el equipo de una aclamada cervecería local. Como fan de dos de los tres actos programados no me pesó ir, pero mi intriga fue por el contraste: por un lado, se leía el nombre de Braulio Lam, ávido explorador de la serenidad, y del otro estaba Muerte en Aceite, invocador de estruendosas tormentas eléctricas con ritmos maquínicos, feedback y muchos gritos.

El nombre que no reconocí fue Glox Olia, quien resultó ser Coco Badán, de los ensenadenses Tajak (gran banda), fundador del sello Hole Records (gran sello), y partícipe de una infinidad de proyectos más, de los cuales destacaría su dúo con Jorge Berumen (gran baterista), El Alma de la Máquina

Pasadas las siete de la noche, y con lo último que le quedaba al sol por seguir alumbrando la terraza de este lugar, Braulio comenzó haciendo fade in a un sample discreto al que se le sumaba el barullo de las personas que no estaban ahí para escuchar.

Su set fue evolucionando lentamente, pasando de acordes que resonaban sutilmente, quedándose suspendidos en el aire hasta una nueva textura los empujara a evaporarse por completo. Tras la aparición de un beat bastante bien trabajado y de cadencia interesante, la atención del público se centró un poco más en lo que sucedía al frente y después de unos minutos más, Braulio finalizó su set, pasándole la batuta a Glox Olia. 

La cita a ciegas con este proyecto fue bastante satisfactoria, aunque haya durado un poco más de lo debido (casi una hora). Un abrasivo aquelarre tímbrico que por momentos recordaba a Atrax Morgue, en otros a Phurpa, Glox Olia tenía a su disposición un arsenal de sintetizadores, pedales e instrumentos acústicos que perdían su timbre natural al ser procesados por aquella circuitería que abarcaba toda una mesa.

Esta meditación oscura inició con voz, e instrumentos de viento para después arremeter con un drone distorsionado, con armónicos interesantes que pululaban entre las frecuencias destruídas por el fuzz, convirtiendo esto en una experiencia psicodélica sombría (bleak psychedelia, como dirían los legendarios Ramleh). De cierta manera, Glox Olia fue un muy buen ecuador entre la sutileza de Lam y el caos que estaba por venir. 

A Muerte en Aceite, quien le dio fin a este evento, lo he visto en más de una ocasión y lo he disfrutado en todas, pero esta vez excedió las expectativas. Su sonido fue más abrasivo de lo normal, un harsh industrial noise revientaoídos, lleno de feedback natural gracias a un micrófono que Juan Carlos (el hombre tras este proyecto) traía pegado en la mano (con cinta adhesiva), y que, al estar cerca del micrófono de stand, soltaba esas avasalladoras descargas que volvían todo aún más caótico. Un truco sencillo pero muy creativo que estéticamente resaltaba al compararlo con las refinadas herramientas de los actos anteriores. 

El lugar está muy bien equipado en cuanto al sonido, pero bien lo dijeron dos de los artistas: “Ya vengo mentalizado a que nadie más que ustedes (mis amigos y yo), vienen a escuchar realmente” y, en un tono más cagazón, la frase de la noche fue: “Qué lugar tan incómodo para tocar. Esta es mi última canción porque ya me quiero ir”.

Estos comentarios no venían desde el rockstarismo, sino que reflejaron la importancia de que los lugares estén comprometidos a brindar una experiencia adecuada, no sólo para su audiencia, sino también -e incluso con más prioridad- para quien está en el escenario.

La curaduría de un evento debe tomar en cuenta la esencia del trabajo del artista invitado, y lo digo desde la experiencia, pues ya hace unos años cometí el error de confiar demasiado en el público, e invité al buen Simonel a tocar frente a una audiencia que, lamentablemente, nunca guardó silencio (¿no se supone que les gusta la música?). 

Obviamente, estas iniciativas se agradecen y se festejan. Estamos ante una falta de espacios que estén bien adaptados, que sean accesibles y estén abiertos a recibir todo tipo de propuestas, y no sólo a las que les generarán consumo. La intención fue buena. Después de todo, dudo mucho que el organizador haya visto signos de dinero al estar organizando una noche de ambient/industrial noise. 

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