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‘Resistir con alegría’ como una forma de contraponerse al poder y la opresión

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Cuando Emma Goldman, una libertaria feminista, le dijo a uno de sus compañeros de lucha “si no puedo bailar, tu revolución no me interesa”, estaba acuñando -quizá sin proponérselo- algo que teóricos y filósofos habían apuntalado antes y que comunidades y movimientos en resistencia abrazarían posteriormente: el resistir con alegría.

La historia cuenta que Emma estaba bailando cuando un compañero le reprochó que estuviera haciendo aquello, dado que no le parecía algo apropiado para la causa revolucionaria, a lo cual Goldman le respondió con esa frase que tuvo cierta fortuna y posteriormente fuera estampada en multitud de camisetas.

El hecho de que la frase tuviera éxito se debe a que la activista unió llamativamente dos conceptos que, para muchos, pueden ser contradictorios: compromiso y alegría, política y felicidad. Pero que para otros ha significado una forma de mantenerse firme ante el poder hegemónico y opresor.

El tema de resistir con alegría o, la alegría como una propuesta de resistencia que refería Gilles Deleuze, es uno de esos nichos que siempre me han apasionado porque, de entrada, la palabra “resistencia” siempre me ha parecido muy poderosa.

“Resistencia” viene del latín “resistentia” y es el nombre de cualidad del verbo “resistere”, que significa mantenerse firme, persistir, oponerse reiteradamente sin perder el puesto.

Las comunidades indígenas en México han abrazado desde tiempos inmemoriales esto de resistir con alegría como una forma de contraponerse al poder, porque les ayuda a proponer y construir en comunidad.

Lo decía el Padre Tacho: “Resistir no quiere decir aguantarnos, que nos sigan jodiendo, resistencia quiere decir que estamos aportando para que este mundo cambie”.

El comunero indígena Nasa, Jamir Auser, mencionaba en una entrevista que él consideraba que esta visión y característica de las comunidades suele venir de la alegría en la familia, que generalmente viene de las madres, puesto que son quienes tratan siempre de darle la armonía al hogar y en ello recurren a tratar de mantener siempre una felicidad a pesar de las limitantes que se tengan.

Jamir dice que “la alegría también genera paz al interior de las comunidades en resistencia” y de ahí que la mayoría lo mantenga siempre como una aptitud normalizada entre los comuneros. “Hacer entre todos y resistir en un sistema que nos aparta”, recalca.

La música, el canto y el baile han sido elementos que las comunidades y movimientos han abrazado como elementos fundamentales de su resistencia, porque la resistencia genera comunión, empatía. Crea encuentros humanos con los otros y, sobre todo, permite una comunicación frontal, cercana y horizontal.

El sistema, el poder, generalmente nos quiere ver sometidos y amedrentados, pero les revira cuando una comunidad les pinta la cara de alegría, porque resistir en alegría es una forma de decirles que, a pesar de las carencias, la opresión o segregación, se puede vivir.

Deleuze decía que generalmente “la tristeza superpone a la persona como un sujeto dominado, lo cual hace creer tener el poder al opresor”, por eso consideraba que “el poder generalmente se empeña en permear de tristeza a las personas, para poder así subyugarlas y manipularlas para sus propios intereses”.

Sin embargo, cuando la comunidad les pinta una cara de alegría, cambia el discurso y empodera a las comunidades en resistencia, porque de la alegría brota la creación y la alegría se arguye como “un elemento significante de la potencia propia de cada sujeto y su relación con las fuerzas activas”.

“El Estado limita al sujeto de diversas maneras para quebrantar la posibilidad de que este pueda superar sus propios límites (…) La alegría empodera porque activa, y una persona activa es difícil de manipular”, decía Deleuze.

Así las comunidades y movimientos han resistido a lo largo del tiempo, porque sus vidas se vuelven un carnaval, como suelen decir ‘las murgas’ argentinas y es de esta manera como subyacen al poderío del Estado.

No está, pues, por demás, pintarle también de vez en cuando y desde nuestras trincheras una cara de alegría al poder y a todo aquello que afuera nos oprime, porque, quién no ha sentido empatía y comunión cuando alguien nos invita con alegría a seguir construyendo.

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