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“Los nahuales del viento”, un cuento del escritor tijuanense Alberto García Zatarain

Foto: Cortesía
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Jacinto y Pedro están sentados afuera de la casa de adobe de Onésimo, esperan que salga. El amanecer permanece oculto tras las nubes de ceniza que nunca se disipan. El pueblo duerme, excepto los dos muchachos que cumplen el pendiente de cada nuevo ciclo: deben ir a la montaña para aprender a ser nahuales.

El chamán ya está viejo y enfermo, es necesario enseñarles los rituales a los nuevos. Pedro se muestra optimista, sonríe viendo la puerta de su líder, Jacinto está nervioso.

—A veces pienso que la profecía está mal —dice Jacinto. —Qué cosas dices, eres el hijo de Onésimo y así es como es.

—¿Y si el oráculo se equivocó y no soy el elegido?

Onésimo sale, estira los brazos y bosteza, pasa de largo frente a los muchachos. Ellos se quedan boquiabiertos viéndolo alejarse. El viejo chamán camina unos metros, luego se detiene y por fin voltea.

—¡Míralos, pazguatos!, ¡a cuál más de zonzos! Apúrense —se burla— ¡Así cuándo chingados van a aprender!

Cuando lo alcanzan, Onésimo saca algo del morral y se los entrega.

—Apúrense y váyanle comiendo.

El grupo emprende camino, subirán la montaña donde está la meseta rodeada de peñascos. Onésimo camina a buen ritmo y los deja atrás. Los muchachos van concentrados comiendo las daturas que les dio.

Conforme escalan las rocas, la mirada de los muchachos se vuelve luminosa, sus ojos parecen de venado en noche de luna. Pedro lo hace con agilidad, Jacinto se esfuerza en seguirle el paso. Pronto, los dos rebasan al chamán.

—Ya no estoy para estos trotes —resuella Onésimo y se detiene para recuperar el aliento.

Los muchachos llegan a la cima, se yerguen admirando el amanecer encapotado, la luna cubierta de velos y el horizonte cercado de cordilleras. Se acuestan sobre la plataforma de piedra para iniciar el ritual.

Onésimo llega y se sienta. Inicia un canto monótono en kiliwa, enciende fuego y coloca unos manojos de salvia. El aire se llena de olores.

Los muchachos escuchan la voz de Onésimo como en un sueño:

—Pedro, imagínate que eres el coyote y corres por el llano, eres el dueño de la tierra, el que domina las cosas, serás el guerrero, el vigilante.

—Jacinto, imagínate que eres el águila, que vuelas alto sobre la montaña. Te subes allá arriba para ver las cosas. Tú tendrás el bastón de mando.

—La culebra que viene, se las verá con ustedes.

Pedro, acostado boca arriba, se mantiene quieto, su cabeza se alarga y se cubre de pelos. Jacinto se remueve incómodo en su sitio, todo su cuerpo se llena de lodo y paja.

—Piensen en el grano de polvo de donde salió todo. Porque allí estamos todos metidos y somos lo mismo, somos nahuales —Onésimo se convierte en remolino, levanta mucho polvo que envuelve a los dos muchachos.

Dentro de la nube, Jacinto y Pedro se transforman. Sale del remolino un coyote enorme que brinca sobre la fogata y se escurre entre las rocas, corre y, desde lejos, voltea mientras lanza un aullido fuerte y poderoso. Jacinto intenta transformarse, su cuerpo es un mazacote de barro aguado, hierve como atole en un fogón. Pasan los minutos y el nahual nunca llega.

El remolino se disipa.

Onésimo vuelve a ser Onésimo.

En el suelo, Jacinto continúa retorciéndose, salieron algunas plumas, pero nada más, poco a poco queda quieto, viendo al cielo y jadeando. Su mirada es triste. La sombra de Onésimo lo cubre.

—No te preocupes Jacinto, cuando seas águila y vueles sobre los riscos, verás que valió la pena. No te achicopales, mijo, luego te sale.

Jacinto se arranca algunas plumas de los cachetes y los costados.

—Nomás concéntrate, no te me distraigas. No seas menso. Los dos se quedan viendo el paisaje. A lo lejos se ve a Pedro convertido en coyote, retozando por el llano.

—Ahora, a ver a qué horas se cansa el bruto del Pedro.


*Este cuento forma parte del libro ‘El regreso de los nahuales’, ganador del Programa de Publicaciones 2022 en la categoría de Colección Literaria del Centro Cultural Tijuana (Cecut), y es publicado gracias a la consideración del autor.


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